Era un día especialmente caluroso de agosto. Robert estaba parado frente a la librería y, mientras se veía reflejado en el escaparate, con gotas de sudor y nerviosismo, se preguntaba si lo que estaba a punto de hacer merecería la pena. Era una buena acción, al menos para él.
Con paso firme entró en la tienda y forzando una sonrisa saludó al dueño, el cual al verlo no pudo evitar sentir desconfianza ante el nuevo cliente. En este barrio todo el mundo conoce a todo el mundo, y este chico no le sonaba de nada. ¿Para qué había venido a su librería? se preguntó el dueño. El chico daba vueltas sin parar en la misma sección; novelas románticas.
Robert cogió un ejemplar de "mujercitas'' y se lo metió en el bolsillo del pantalón, con tal mala suerte que al hacerlo se le cayó la cartera al suelo. El dueño en seguida se dió cuenta de la situación e intentó acercarse al chico para avisarle , pero este salió corriendo. El dueño, perplejo, se dió cuenta de que había robado. Se quedó mirando aquella cartera desgastada. No sabía si abrirla o directamente llamar a la policía. La abrió. ¿Qué más daba? Le había robado.
Se llamaba Robert Goodwin ,salió tras él.
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