Subí corriendo las escaleras del portal. Con suerte mi abuela estaría durmiendo. Sin embargo, me quedé paralizado al abrir la puerta: allí estaba mi abuela, llorando, y el librero a su lado, consolándola. ¿Qué estaba pasando?. Ya me veía entre rejas.
-Pero hijo, ¿qué has hecho?
Me quedé sin palabras. No sabía cómo reaccionar ni qué contestación darle.
-¿Por qué has tenido que robar ese libro? Ella no va a volver. Tienes que superarlo.
Avergonzado, escuché cómo mi abuela comenzó a relatarle al hombre al que le había robado, la historia de mi vida.
-Tiene que disculpar a mi nieto. Se ha criado sin padre, y su madre murió muy joven. La pobre tuvo mala suerte en el amor y el de arriba se la llevó muy pronto. Mire qué guapa era.
Entonces mi abuela le mostró una foto de mi madre, y fue cuando al hombre que se supone que iba a meterme entre rejas le cambió el semblante, se puso pálido y susurro su nombre:
-Carmen…
Me miró fijamente y me preguntó:
-¿Cuántos años tienes, chaval?
-24- le dije.
El solo logró decir para sí mismo mirando la foto de mi madre:
-Oh Carmen… al final seguiste adelante…